En su artículo “Sicilia y la apropiación como recurso poético” Evodio Escalante despotrica ferozmente contra el poeta y activista, en relación a su libro Tríptico del desierto, ganador del Premio de Poesía de Aguascalientes.

javier sicilia
Javier Sicilia responde al crítico con una carta.
El tema de la polémica era la intertextualidad, y este tema no es unívoco, hay múltiples interpretaciones, no todas ellas válidas. A los lectores debe preocuparles poco dicho tema, que es propio de la teoría y la creación literaria. La mayoría de los defensores de Javier o de Evodio, nos hemos salido del tema central, que es la apropiación del texto de otro como un recurso poético válido o tramposo, para irnos al lado de las agresiones y favoritismos. Pero es comprensible, pues la intertextualidad es un tema que sólo concierne a los teóricos o a otros poetas, no tanto a los lectores.
Hay muchas cosas interesantes en esta pequeña epopeya, como el uso, por parte del crítico, de eufemismos inteligentes (Escalante evita con gran habilidad el empleo de la palabra «plagio»; excepto que todos los lectores entendemos que de «plagio» precisamente está hablando el señor Evodio. Imaginen que alguien les dice: ve a practicar el coito con esa señora que te parió. Sin decirlo te están diciendo: ve y chinga a tu madre. ¿Acaso alguien no lo entendería así? Por eso cuando Evodio contesta a la réplica de Sicilia con una por demás frívola contrarréplica, intentan convertir un diálogo que primero deseó monólogo en una guerra), también tenemos un discurso en lenguaje manipulador, que busca y en gran medida logra convencer a los lectores de que el crítico tiene razón y de que Javier Sicilia es un criminal cultural, luego una defensa que no lo es menos por tornarse feroz contraataque, y finalmente un montón de personas arrojando desde pedradas inofensivas hasta ideas peligrosas.
Primero, el artículo de Evodio. Duro, sin contemplaciones, agresivo, lleno de argumentos y figuras retóricas de apariencia real. Pero leyendo con atención se descubren las triquiñuelas, los trucos de salón y las prestidigitaciones del crítico literario.
Ya nos los decía Shamanpower en su supercalifragilístico tratado Dialéctica erística o el arte de tener razón: «la dialéctica erística es el arte de discutir, pero discutir de tal manera que se tenga razón tanto lícita como ilícitamente—por fas y nefas». Ya no se busca la verdad. Al hombre no le interesa la verdad sino alimentar su propia vanidad. Los argumentos de Evodio Escalante parecen firmes y sostenibles, pero se derrumban inevitablemente ante la lectura atenta y la implacable réplica del poeta, quien afirma que «un autor nunca debe responder a un crítico, sobre todo si su argumentación es tan banal que no aporta nada ni a la obra del autor ni a la literatura. Sin embargo, rompiendo mi promesa, lo hago. Las razones son también simples. Primero, no me gusta ningunear, esa otra plaga mexicana que acompaña a la mezquindad y que ha hecho más daño a la cultura que toda la barbarie de los tecnócratas; segundo, tu artículo, en un mundo donde la mezquindad es la temperatura, daña a la poesía, a un premio que, desde que el año pasado se declaró absurdamente desierto, entró en crisis y a un jurado de espléndidos poetas que tu texto, al acusarme de plagio, califica de imbéciles. Así es que te respondo por higiene.» Recordemos a André Breton, periódico en mano, acompañando a Dalí, tras la lectura de una crítica contra el pintor. Al llegar a cierto departamente y golpear la puerta, pregunta el escritor al hombre que atiende: «¿Ested escribió esto?». A recibir una respuesta afirmativa estrella el mango de su bastón en la nariz del firmante, y se retira con Dalí sin más. El pesimista filósofo alemán no podría haber estado más que de acuerdo con el proceder del surrealista.
Luego vino la respuesta. Evodio intenta esquivar el viperino recto al cerebro, arguyendo que «quien califica sin más de imbéciles a los miembros del jurado, que para mayor agravio son tus amigos, eres tú mismo, y no yo», claro que empleando el mismo método eufemista de mandarte a chingar a tu madre sin mencionar las palabras chingar ni madre. Es como si Evo sospechara que por llamar trasero al culo, el culo dejara de tirarse pedos y de cagar, o por llamar asno al burro, éste dejará de ser burro. Para presumir de ser un superhéroe de la cultura, es bastante jumento el señor (jumento es otro sinónimo de burro, o de pendejo si usted así lo prefiere, estimado lector. Los ejemplos no fueron elegidos al azar, burro en inglés se dice “donkey”, pero también “ass”, y “ass” también significa culo.) ¿Acaso será que Evodio es un nombre tremendo, y se desquita con quien puede? Digo, si yo me llamara así, o Fulgencio, o Memorio, me las pagaría el mundo entero. Como sea, Huevodio ya se hizo bastante famosito con todo este desmadre.
Finalmente, la contrarréplica, el berrinche. Pese a evidenciarlos (los “préstamos”), «jamás cometí la torpeza de emplear la palabra que tanto te satisface: plagio», nos dice Evodio. Es decir que la palabra plagio estaba en su mente y en su pluma, pero sin torpeza, con habilidad, buscó sinónimos, aproximaciones, recurso de los patéticos que no se jactan de escribir lo que piensan ni de firmar lo que escriben (a diferencia de la gran Elena Garro, cuya honestidad le costó cara, la vida misma).

evodio escalante
A lo mejor es lo Evi (como le dicen de cariño sus enemigos) que buscaba, pues bien dice el activista que aquél (Evi), esperó para lanzar sus aguijonazos a su libro más premiado. Lo acusa de plagio si decir la palabra, «pero tú sabes bien que ése no es el problema, el problema —que después de tantos años de conocerme y de conocer mi obra poética formulas hasta hoy— es que el libro que desató tu “erudita” ira ganó un premio y eso, en el país de la mezquindad, de la carrilla, del resentimiento, de la igualación, de la imbecilidad, no se perdona», misma situación que podemos constatar todos los que hemos ganado algún premio o reconocimiento más o menos significativo (no sólo en literatura). Sin decirlo, Sicilia llamó a Evodio mezquino, envidioso, resentido, imbécil. Misma moneda, misma estrategia, ante la cual el crítico aún intentó defenderse con esa inocua contrarréplica del estilo patadas de ahogado.
La gran pregunta es: ¿cuenta el autor o sólo la obra? En épocas pasadas, los libros eran más importantes que los nombres de los autores. Nuevos autores creaban magníficas (o no tanto) obras basadas en otras anteriores, y no existía el concepto de plagio como lo entendemos hoy. Los poemas de Sicilia no son exactamente los mismos poemas de Rilke o Celan. Sin versiones, paráfrasis, parodias. Cada lector debe tomar una postura y decir si estos usos son lícitos o no lo son, si la paráfrasis, si la versión, es una forma de plagio, de mentir. Pero si cada uno tuviera que inventar desde cero su propio lenguaje, estaríamos condenados a la inmovilidad. Hay progresos culturales gracias a que nos apropiamos de las ideas de otros, y de ahí podemos hacer surgir otras nuevas. Si cada vez que alguien desea ser escritor tuviera que inventar los sonidos, las letras, las palabras, las reglas, el papel, la tinta, la imprenta, seguiríamos siendo simios que balbucean. Yo ya no tengo que inventar lo que inventó Eliot, basta conque lo use y, si es posible, es lo ideal, intentar la creación de algo nuevo a partir de ahí. Si no puedo inventar algo nuevo, no puedo entender que sea preferible el silencio que la repetición.
«Aquello que se llama plagio —nos dice Jorge Fernández Granados— es muy evidente, es una copia con toda la intención y plena conciencia de que es una obra ajena, buscando ocultar el origen. Mientras que la intertextualidad, la influencia, la mimesis, la paráfrasis, el diálogo entre un estilo o una obra y otra es algo muy diferente. Aquí lo que sucede es la asimilación de una obra a través de otra, esto puede tomar muchos matices —esto es lo más importante, me parece—, puede ser desde algo por influencia o para hacer un homenaje o una paráfrasis. También puede ser una cosa satírica, un juego de ironía, pongamos por ejemplo el collage. El autor puede o no hacerlo evidente. La intertextualidad es uno de los elementos más importantes en el arte contemporáneo, casi diría que no hay una obra absolutamente original. De alguna u otra forma todas las obras escritas en la actualidad la manejan de distinta manera.» Al final, el único que sabe si se trató de un robo o de qué, es el propio autor. Nadie, ni siquiera un poeta, puede interpretar absolutamente todo lo concerniente a una obra ajena. Es cuestión de tomar postura, de no quedarse en la tibieza, en las medias tintas, sino de asumir un punto e vista y asumir las consecuencias que conlleve.
___________________________________________
Alrededor de la polémica Javier-Evodio, podemos encontrar diversos artículos como “Fronteras entre intertextualidad y plagio“, de Héctor González, “Bloom mal traducido“, de Heriberto Yépez, o “Todos somos plagio“, de Roberto Garza. Y si me lo preguntan, aunque creo que es evidente: Sí. Estoy de acuerdo Javier Sicilia. No lo conozco, no somos amigos, jamás hemos cruzado palabra, su poesía me tiene generalmente sin cuidado aunque sigo sus aventuras sociales y políticas, pero sus argumentos son seguros, firmes, sólidos, feroces; sobre todo, sin embargo, las únicas personas que he notado que están de acuerdo con el de nombre ridículo (Evodio, pues) son los eufemistas y ultracorrectos, gente que lee con regularidad a García Márquez; evidentemente, no estamos hablando de personas muy inteligentes o cultas, sino de las que emplean la palabra “culto” o “intelectual” en un sentido peyorativo, esa gente que desprecia al conocimiento, que habla de “ridiculadas” y en general no sabe expresarse. No los despreciaría (aunque no creo en el derecho a la ignorancia, pero sí que entiendo que las condiciones no siempre son las correctas para salir de ella) si no se colocaran en la posición del saber, si no hablaran por hablar adjudicándose gran conocimiento y cultura, si no representaran esa mezquinidad y carrilla mencionadas.